El rey Salomón construye el Templo de Jerusalem en el siglo X AEC, coronando así el proceso de fortalecimiento de la monarquía israelita y especialmente su capital, establecida allí por su padre el rey David.
El capítulo 6 del primer libro de Reyes nos relata cómo era la Casa de culto para el Dios de Israel, tan largamente añorada. A pesar de no brindar mucha información pormenorizada (del Tabernáculo construido en el desierto tenemos 13 capítulos) si aparece un detalle muy interesante sobre cómo eran las ventanas del Templo.
El texto hebreo usa dos adjetivos para describirlas. Dice el versículo 4: “Hizo para la casa ventanas SHIKUFIM ATUMIM.” ¿Qué significan esas palabras? Bueno, no está muy claro, así que dependerá de qué traducción usemos. Las versiones más recientes traducen por ejemplo “ventanas con celosías” (Biblia de Jerusalén) o “empotradas y enrejadas” (en inglés, la Biblia de la Sociedad de Publicaciones judías).
Por su parte, las traducciones más antiguas dicen que las ventanas eran “abiertas y cerradas” o “anchas y estrechas.” (Estas características aparentemente contradictorias me hizo acordar del popular “queso duro-blando” que comíamos en El Salvador). Lo que estás traducciones plantean es que, en las gruesas paredes del Templo, las ventanas eran abiertas o anchas por un lado mientras que por el otro resultaban cerradas o estrechas.
Lo fascinante, al menos para mí, es que mientras la traducción clásica al español del siglo XVI conocida como la Reina-Valera (y este versículo se mantiene igual incluso en las últimas revisiones) dice: “Hizo para la casa ventanas anchas por dentro, y estrechas por fuera”, una traducción judía clásica (Biblia Koren de Jerusalem) dice lo contrario: “Hizo para la casa ventanas anchas por fuera y estrechas por dentro.”
¿Cuál es la lógica de cada traducción? La Reina-Valera usa el sentido común. El objetivo de la ventana es iluminar el recinto. Que la luz del exterior ingrese y se expanda, de allí que debe ser estrecha por fuera, pero amplia por dentro.
La traducción judía se basa en una enseñanza que aparece en el Talmud: “Por lo general, las ventanas se construyen para ensancharse hacia el interior para que la luz del exterior se disperse por toda la habitación. Para el Templo, Dios dijo: Haced las ventanas estrechas por dentro y anchas por fuera, ya que no necesito su iluminación. Por el contrario, la luz del Templo debe irradiarse hacia afuera.”
Es decir, los sabios conocían la lógica de la construcción, pero entendían que en el Templo las ventanas no tienen la misión habitual de iluminar sino la de difundir su luz. Hacer que la luz espiritual, la luz de lo sagrado se proyecte hacia el exterior.
Y yo veo aquí una reflexión profunda e inspiradora cuyo mensaje nos convoca también a nosotros. La experiencia espiritual sea cual fuera, debe tener la capacidad de dirigirse hacia la sociedad aportando luz y contribuyendo, siempre en un clima de respeto y diversidad, a la búsqueda del bien común.
La vivencia religiosa, no importa la denominación, la energía que emana del contacto con lo sagrado no puede quedarse encerrada dentro de las paredes de las casas de culto, debe convertirse en una fuerza que saque la mejor versión de cada uno y nos permita proyectar ese sentido de santidad y traducirlo en acciones concretas en nuestra vida cotidiana para ser constructores de una sociedad mejor.